La historia cristiana es muy rica en darnos detalles que afirman en mayor medida nuestra identidad como seguidores de Cristo.
Cuando en el siglo XVI el ex monje agustino Martín Lutero, huyendo de la persecución religiosa por haber nacido de nuevo en Cristo, y haber clavado sus 95 tesis en la puerta de la Catedral de Witemberg, Alemania, escribió el Himno “Castillo Fuerte es Nuestro Dios”, inició, sin saberlo quizá, una larga lista de cientos de canciones que se conocerían como Himnos. Desde el siglo XVI hasta el siglo XX, compositores inspirados por el Espíritu Santo, como David escribió los Salmos, dotaron a la Iglesia del Señor Jesucristo de himnos para ser cantados para propósitos varios dentro de las vivencias de una congregación.
Así, podemos encontrar himnos para expresar devoción y adoración, otros para reforzar la labor de la Escuela Dominical; otros para las misiones; otros para testificar de la obra redentora del Señor Jesús; otros para llamar al arrepentimiento y conversión; otros de testimonio; otros que hablan de la segunda venida de Cristo el Señor; otros del tiempo de Navidad; de Santa Cena y de Resurrección.
Pacífico Radio difunde en el programa Sólo Clásicos música y canto cristiano cuyas grabaciones datan desde los años 50, 60, 70 y parte del 80, en el siglo XX. Esta música y canto está clasificada generalmente en tres presentaciones: Himnos, Canciones “Especiales”, y los llamados “Coros”. Aunque las grabaciones datan desde los años 50 del siglo XX, los cantos de adoración y alabanza a Dios comenzaron desde el inicio de la Reforma Protestante, con Martín Lutero. Pero hay que anotar que se puede encontrar letras de himnos desde los tiempos próximos a la Iglesia primitiva. Recordemos que la Biblia registra que los hermanos de ese tiempo ya cantaban himnos y cánticos espirituales.
La estructura de los himnos es común a la mayoría de ellos. Constan de tres o cuatro estrofas y un coro que se repite luego de cada estrofa (como el Himno Nacional del Perú). Algunos pocos himnos no tienen coro.
En cuanto al contenido, son plenos en declaraciones doctrinales. Muchas de sus letras se refieren al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en sus ministraciones para la Iglesia; otros se refieren al valor de la sangre del Señor Jesús, a su sacrificio en la cruz; a la vida de constante combate espiritual; a la santidad; etc. Son poco emocionales, más bien son conceptuales; es decir que reafirman las verdades fundamentales de la doctrina bíblica cristiana. En este siglo XXI abundan los cantos emocionales y menguan los cantos doctrinales.
Los himnos han contribuido grandemente a la consolidación y expansión de la obra misionera en el mundo, por las grandes denominaciones. Cada denominación posee su propio himnario; aunque, en realidad, de los 400 himnos promedio que cada himnario denominacional tiene, unos 300 son comunes a todos. De modo que todas las congregaciones cantaban básicamente los mismos himnos. Con los himnos las multitudes se convertían al Señor Jesús, nacían de nuevo, vivían la santidad y servían a Dios en consagración. Los himnos están indesligablemente unidos a la historia de la Iglesia del Señor Jesucristo.
Pero no fue sino hasta la década del 50, siglo XX, en que los himnos comenzaron a ser grabados en discos de 33rpm. No se conoce si alguna denominación logró grabar la totalidad de los temas de su himnario. En el Perú la denominación Asambleas de Dios comenzó una tarea en ese sentido, por los años 80, siglo XX. Lo que se conoce es que se grabó unos quince casetes, aproximadamente, con temas de su himnario “Melodías Celestiales”, logrando grabar unos 200 himnos.
Los cultos antes de los años 90, siglo XX, eran participativos para toda la congregación. No existía el llamado Ministerio de Alabanza que monopoliza todo lo que se refiere a música y canto en la reunión de Iglesia. En los templos generalmente había un piano, o un acordeón de fuelle (aire). Ellos daban “la nota” antes de comenzar a cantar un himno o “corito”. El en estrado un director de culto guiaba a la congregación indicando qué himno se iba a cantar, comenzando a entonarlo él mismo con la ayuda del pianista. Una vez comenzada la entonación el sonido del piano casi desaparecía, y la voz del director de culto casi también, porque toda la congregación llenaba con su voz el ambiente.
LOS CANTOS ESPECIALES
Además de cantar congregacionalmente los miembros tenían la oportunidad de participar con los “especiales”. Iban desfilando hermanos y hermanas que cantaban como solistas, como dúos, tríos o cuartetos, acompañados de piano, acordeón o guitarras acústicas. Los temas de sus cantos podían ser del himnario, pero, generalmente, eran canciones fuera del himnario, por eso se las llamaba “especiales”, porque eran creaciones propias, o tomadas de algunos cuadernillos que se publicaban con cantos para solistas, dúos, tríos y cuartetos. Los “especiales” no se cantaban congregacionalmente. Sus letras eran de testimonio del amor de Dios, de sanidades y milagros, de exhortación, y de otras vivencias del cristiano.
LOS COROS
La congregación todavía tenía otra forma de alabanza a Dios en forma participativa. Eran los llamados “coritos”; cantos de una o dos estrofas; algunos de ritmo pausado y melodía suave, y otros más rápidos y alegres. Eran una especie de “coplas” con declaraciones doctrinales breves, o de testimonio, de consolación y de aliento al cristiano en su peregrinación. Se cantaban luego de los himnos en el templo. Su uso era b frecuente también en reuniones extra culto, como días especiales por Aniversario, por Escuela Dominical, por Cumpleaños en los hogares, en paseos congregacionales, en retiros, etc.
Como eran de una o dos estrofas se cantaban varios seguidos. Y cuando se cantaba una “lluvia de coros”, se podían cantar de cinco a diez coritos continuados creando un ambiente lleno de regocijo en el Señor.